Hogar del milagro y la fe viva
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El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó:
«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Salvaos de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.
Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esteran su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.
Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.
En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice.
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».
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La lectura de hoy sitúa a Pedro predicando en Jerusalén que, tras ser escuchado por sus conciudadanos, y porque la transmisión de su experiencia de fe les ha conmovido profundamente, es preguntado sobre qué deben hacer ellos en el seguimiento de Jesús. Y la respuesta que les ofrece Pedro, también nos puede servir hoy para reflexionar sobre qué significa hoy que Jesús sea el centro de nuestra vida.
Por tanto, lo primero que nos encontramos es a personas que han sido tocados por Dios, que son conscientes que Dios ha entrado en sus vidas, y que quieren discernir qué significa ser hijo/a de Dios; y es con esto con lo que nos quedamos hoy para aprovechar la reflexión.
Pedro propone bautizarse, es decir, incorporarse a la Iglesia y hacer pública la fe. Y esto es así porque cuando realmente Dios entra en nuestras vidas, no hay mucha más opción que vivir con alegría y predicar la gracia. Para quienes nos situamos en un contexto social y cultural favorecedor, es difícil comprender lo complicado que resultaba entonces hacer una manifestación pública de la fe; pero para esos primeros cristianos, como para los que ahora son perseguidos, es un gesto público que implica incluso poner en riesgo la integridad física.
No podemos evitar recordar en nuestra reflexión, a tantas personas perseguidas aún hoy por su fe, y queremos dejar la ocasión para poner en valor la valentía que ello conlleva. No debe ser fácil hacer pública una manifestación de fe cuando la seguridad y la vida está en riesgo, por lo que, aunque sólo sea por esas personas, quienes lo tenemos más fácil, debemos manifestar nuestra alegría de vivir con Dios en el centro.
Discernamos pues, qué significa que Dios sea el centro de nuestras vidas, y como Pedro, hagamos pública y prediquemos la gracia que sabernos hijos e hijas de Dios supone.
En un contexto cultural en el que el testimonio femenino carecía de valor jurídico, el Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena como la primera testigo de la Resurrección, y a un Dios que una vez más, sitúa en el centro a quien, socialmente hablando, está en los márgenes.
El relato nos muestra a una María Magdalena desolada en pleno duelo por la pérdida de quién era el centro de su vida, pero que, tras el encuentro con Jesús resucitado, pasa de la oscuridad del llanto a la alegría de la misión. Ese es el itinerario pascual de la persona creyente. Aprendemos de María Magdalena que ser testigo de la Resurrección no significa solo afirmar que Cristo vive, sino que implica pasar del miedo (oscuridad) a la esperanza (luz), y reconocer que la muerte no tiene la última palabra en nuestras vidas.
Además, aprendemos de María Magdalena, que la resurrección hay que compartirla, anunciarla, predicarla, gozarla; porque tras el encuentro con Jesús resucitado, la vida de María se transforma para salir en misión.
Si realmente hemos tenido una experiencia de Dios, no hay mucha opción, salir a anunciar la resurrección, es a lo que estamos llamados los hijos e hijas de Dios.
¿En qué momentos concretos de mi vida he experimentado que Dios me llama personalmente?
¿Qué situaciones de dolor o fracaso podrían convertirse, a la luz de la Pascua, en lugar de envío y testimonio?
¿Mi fe se traduce en un anuncio visible y coherente en mi entorno?
Fuente de textos: Los Dominicos, Evangelio del día.

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